
Sí, todavía. El tiempo –que dicen que lo cura todo– hasta hoy no ha servido de mucho, el silencio sólo agrava la pátina carbonizada de mis pensamientos sobre tu nombre. Todavía lo pronuncio cuando se acaba el ruido y nadie me oye. Me muerdo los labios para no repetirlo más y detesto la obstinación con la que por las noches, cuando se apagan las luces de mis ideas, se detiene el eco de tu piel en mi espalda y arrastra consigo el sonido de nuestros pasos sobre las piedras que los sostuvieron para llegar a lo alto del cerro. Arrastra hasta mis párpados cerrados el eco de tu risa, el olor de tu ropa llena de polvo y de frío.
Todavía la música y la ceniza. Todavía son mis horas solas un permanente homenaje a tus horas en mí, a tus horas de contundente presencia, la más rotunda. Todavía la fiebre y el temblor. ¿Cuándo se acaba el todavía? ¿Cuándo deja de ser el pasado participio? ¿Cómo es que estás lejos si te tengo dentro?
Siguen los pasos del insecto moribundo. Ya son estertores pero son pasos. Todavía. Maldita sea.
Hay formas de tranquilidad. La tuya cuando caminas con tu gente y nombras todo menos mi nombre, te ríes y en tu alegría no está ni mi sombra. Te metes en tu cama y sólo está el cansancio o algún cuerpo que despierta tu cuerpo. Descubres que el placer sucede sin mi rostro y llega el sueño sin mi fantasma y despiertas al sol que ha sido el mismo siempre. Y no pasa nada.
Yo tengo la tranquilidad de haberte mirado a mi antojo y de haberte poseído tanto que puedo recrearte cada vez que mi voz dice tú, cada vez que vuelvo a dibujar las líneas que sólo se combinan en tu cuerpo, que no tienen más sentido que ser el espejo de carbón para tu belleza. Siempre que te pronuncio te tengo. Insisto. Tu tranquilidad radica en advertirte allá porque te olvidas de que aquí te quedaste. Tus piernas te conducen sin problema, se reflejan en los cristales de las tiendas sin mayor sorpresa. La urgencia del papel donde las fijo con asiduidad no es un impedimento para ello. Un tatuaje, has dicho muchas veces. Es más profundo. Se llama condena. Se llama de nuevo estrella. Ésa que estalló hace milenios. Todavía me quedan algunos para contemplarla. Ésta es mi tranquilidad
La fiesta es distinta ahora. Aunque un tiempo bailamos juntos, la ceremonia ya se ha puesto sacra. Oficio frente a tu altar, bajo tu imagen. Viniste a redimir a las mariposas de la muerte eterna. Has vuelto a donde perteneces. Soy tu San Pedro.
Creo que mi todavía se llama “a perpetuidad”.
Todavía la música y la ceniza. Todavía son mis horas solas un permanente homenaje a tus horas en mí, a tus horas de contundente presencia, la más rotunda. Todavía la fiebre y el temblor. ¿Cuándo se acaba el todavía? ¿Cuándo deja de ser el pasado participio? ¿Cómo es que estás lejos si te tengo dentro?
Siguen los pasos del insecto moribundo. Ya son estertores pero son pasos. Todavía. Maldita sea.
Hay formas de tranquilidad. La tuya cuando caminas con tu gente y nombras todo menos mi nombre, te ríes y en tu alegría no está ni mi sombra. Te metes en tu cama y sólo está el cansancio o algún cuerpo que despierta tu cuerpo. Descubres que el placer sucede sin mi rostro y llega el sueño sin mi fantasma y despiertas al sol que ha sido el mismo siempre. Y no pasa nada.
Yo tengo la tranquilidad de haberte mirado a mi antojo y de haberte poseído tanto que puedo recrearte cada vez que mi voz dice tú, cada vez que vuelvo a dibujar las líneas que sólo se combinan en tu cuerpo, que no tienen más sentido que ser el espejo de carbón para tu belleza. Siempre que te pronuncio te tengo. Insisto. Tu tranquilidad radica en advertirte allá porque te olvidas de que aquí te quedaste. Tus piernas te conducen sin problema, se reflejan en los cristales de las tiendas sin mayor sorpresa. La urgencia del papel donde las fijo con asiduidad no es un impedimento para ello. Un tatuaje, has dicho muchas veces. Es más profundo. Se llama condena. Se llama de nuevo estrella. Ésa que estalló hace milenios. Todavía me quedan algunos para contemplarla. Ésta es mi tranquilidad
La fiesta es distinta ahora. Aunque un tiempo bailamos juntos, la ceremonia ya se ha puesto sacra. Oficio frente a tu altar, bajo tu imagen. Viniste a redimir a las mariposas de la muerte eterna. Has vuelto a donde perteneces. Soy tu San Pedro.
Creo que mi todavía se llama “a perpetuidad”.
Claudia Quezada
Virgen del consuelo
140x200cm
Mixta sobre tela
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